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Petróleo que debe quedarse en el subsuelo, la propuesta Yasuní ITT. Veinte años después

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Petróleo que debe quedarse en el subsuelo, la propuesta Yasuní ITT. Veinte años después

 1.- La Declaración de Oilwatch en 1997.

La red Oilwatch fue fundada en 1995 por muchas organizaciones. Dos grupos en particular asumieron papeles principales: Acción Ecológica de Ecuador (un país donde la compañía petrolera Texaco había causado mucho daño en el territorio amazónico); y ERA de Nigeria. Esta última organización había estado luchando contra los impactos devastadores, causados por la empresa Shell, por la extracción petrolera y la quema de gas en territorio Ogoni y todo el Delta del Níger. En 1997, en Kyoto, Oilwatch hizo pública una declaración pidiendo una moratoria en la exploración de petróleo en entornos naturales y sociales frágiles. Si las razones locales no eran suficientes para "dejar el petróleo en el subsuelo" (el carbón y otros combustibles fósiles), también se hablaba del cambio climático, como principal tema de discusión en la reunión de la ONU de aquella vez.

La Declaración de Oilwatch dice, entre otras cosas: que “el cambio climático es sólo una parte de la deuda ecológica acumulada por los países industrializados, generados a través de la explotación de recursos en el Sur; que la quema de petróleo, gas y carbón es la principal causa del cambio climático inducido por el hombre; que la quema de hidrocarburos de solo una parte de las reservas conocidas económicamente recuperables, generará innegablemente una catástrofe climática; evitar la catástrofe climática requiere una rápida eliminación de los combustibles fósiles (especialmente el petróleo y el carbón) y una transición hacia formas de energía seguras y renovables."[1]

Los principales elementos de la propuesta Yasuní ITT, presentada por primera vez en 2006, ya estaban presentes en la Declaración de Kyoto. La extracción de los combustibles fósiles causa daños locales. En algunos lugares del mundo las poblaciones locales sufren terriblemente, no sólo por la extracción sino también por el transporte, el refinado y la quema, que también causan daños locales. La contaminación del agua, el aire y el suelo son efectos secundarios. Muchos activistas han sido asesinados después de protestar contra la extracción y quema de petróleo y carbón (activistas como Ken Saro-Wiwa y sus compañeros en Nigeria en 1995 y Gloria Capitan en Filipinas en 2016).

Como si estos desastres ambientales locales y el sufrimiento humano no fueran suficientes, como si los pasivos ambientales de las compañías extranjeras y nacionales de combustibles fósiles in situ no merecían reconocimiento, también estaba el tema del cambio climático global. Aún sin utilizar la frase "dejar los combustibles fósiles en el subsuelo", la Declaración de Kyoto de Oilwatch señaló en términos inequívocos que "la quema de solo una parte de las reservas conocidas de hidrocarburos económicamente recuperables provoca una catástrofe climática". La velocidad de extracción y quema de los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas) es excesiva. Cálculos recientes estiman que un máximo de 1.000 gigatoneladas de dióxido de carbono podrían ser liberadas en la atmósfera para mantener el aumento de la temperatura global por debajo de 2° C. Este límite se llama el "presupuesto de carbono" del mundo. Existen reservas probadas de combustibles fósiles que ya contienen tres veces más carbono o incluso más que eso. Esto es "carbono no quemable," según Oilwatch en 1997.

Esto no sólo es un problema para los países del Sur. La oposición al fracking (extracción de gas de esquisto por fractura hidráulica), de gas y a la extracción de carbón y petróleo en todas partes del mundo hoy combina argumentos locales y globales[2]. En octubre de 2007, el periodista George Mobiot publicó un artículo en The Guardian explicando por qué "el carbón debe mantenerse bajo el suelo" en la mina a cielo abierto Ffos-y-fran en el sur de Gales en el Reino Unido, como en muchos otros lugares alrededor del mundo. Al mismo tiempo, la propuesta Yasuní-ITT en Ecuador se había convertido en política pública oficial en el entonces nuevo gobierno de Rafael Correa.

2.- ‘Blockadia’

Muchos años después, en 2014, Naomi Klein publicó un libro sobre el cambio climático y la justicia climática. El libro describe y elogia a muchos movimientos de base alrededor del mundo que tratan de mantener los combustibles fósiles en el suelo, evitar daños locales e impedir las emisiones de dióxido de carbono resultantes de la quema de tales combustibles fósiles. "’Blockadia’ no sería una localización específica en un mapa, sino una zona de conflicto transnacional móvil que aparece con creciente frecuencia e intensidad donde los proyectos extractivos están intentando “cavar y perforar”, ya sea para minas a cielo abierto o fracturas de gas, u oleoductos para arenas bituminosas. Lo que parece obvio, luchar contra una industria extractiva gigante por su cuenta puede parecer imposible, especialmente en un lugar remoto y escasamente poblado. Pero ser parte de un movimiento continental, incluso global, que tiene la industria rodeada es una historia muy diferente" escribió Naomi Klein.

Ella había oído la palabra ‘Blockadia’ en Canadá y Estados Unidos en las bocas de los pueblos indígenas bloqueando oleoductos, y ella sugirió que sería un buen nombre para el movimiento mundial que había anunciado Oilwatch en Kyoto en 1997. "Dejar el petróleo bajo el suelo", ha proclamado Nnimmo Bassey de ERA, Nigeria, y también presidente de Friends of the Earth International por algunos años. Naomi Klein en su libro reconoció publicamente el papel de la ONG Ecuatoriana Acción Ecológica en la elaboración de esta consigna y su trabajo durante tantos años por una moratoria sobre la extracción de combustibles fósiles.

3.- La propuesta Yasuní ITT, 2006-13

Antes de que Rafael Correa asumiera la presidencia de Ecuador en enero de 2007, las grandes líneas de la Iniciativa Yasuní-ITT habían sido definidas en un memorándum de 13 de diciembre de 2006 que Esperanza Martínez, co-fundadora de Acción Ecológica, había presentado a Alberto Acosta, que iba a ser ministro de Energía y Minas hasta junio de 2007 cuando fue elegido como presidente de la Asamblea Constituyente. Lo principal, para Acción Ecológica y otros grupos ambientalistas, no era recibir compensación exterior sino simplemente dejar en tierra el petróleo del campo Ishpingo, Tambocha y Tiputini, en la última frontera de la Amazonia ecuatoriana, en el límite con Perú, dentro del Parque Nacional Yasuní. No se excluía una aportación exterior pero no se veía como condición necesaria. La perspectiva era más bien local, evitar los daños al ambiente natural y a los derechos humanos en ese territorio, contribuyendo a la vez al evitar emisiones de dióxido de carbono, como Oilwatch venía diciendo desde 1997.

Las eventuales contribuciones monetarias exteriores podían verse como pagos por la Deuda Ecológica de la cual los pueblos del Sur eran acreedores por dos motivos: el comercio ecológicamente desigual y la ocupación unilateral del espacio ambiental por los países industrializados para depositar los gases de efecto invernadero. La posición de diversos grupos ecologistas de Sudamérica sobre la Deuda Ecológica venía planteándose desde 1991, y tenía en Acción Ecológica uno de sus más firmes y explícitos defensores. Hoy en día, ha sido recogida, casi verbatim en la encíclica Laudato si de 2015 cuyo párrafo 51 dice así: “La inequidad no afecta sólo a individuos, sino a países enteros, y obliga a pensar en una ética de las relaciones internacionales. Porque hay una verdadera « deuda ecológica », particular­mente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales con consecuencias en el ámbito ecológico, así como con el uso despro­porcionado de los recursos naturales llevado a cabo históricamente por algunos países. Las ex­portaciones de algunas materias primas para sa­tisfacer los mercados en el Norte industrializado han producido daños locales, como la contaminación con mercurio en la minería del oro o con dióxido de azufre en la del cobre. Especialmente hay que computar el uso del espacio ambiental de todo el planeta para depositar residuos gaseosos que se han ido acumulando durante dos siglos y han generado una situación que ahora afecta a todos los países del mundo. El calentamiento ori­ginado por el enorme consumo de algunos países ricos tiene repercusiones en los lugares más po­bres de la tierra, especialmente en África, donde el aumento de la temperatura unido a la sequía hace estragos en el rendimiento de los cultivos. A esto se agregan los daños causados por la expor­tación hacia los países en desarrollo de residuos sólidos y líquidos tóxicos, y por la actividad con­taminante de empresas que hacen en los países menos desarrollados lo que no pueden hacer en los países que les aportan capital: « Constatamos que con frecuencia las empresas que obran así son multinacionales, que hacen aquí lo que no se les permite en países desarrollados o del llamado primer mundo. Generalmente, al cesar sus activi­dades y al retirarse, dejan grandes pasivos huma­nos y ambientales, como la desocupación, pue­blos sin vida, agotamiento de algunas reservas naturales, deforestación, empobrecimiento de la agricultura y ganadería local, cráteres, cerros tri­turados, ríos contaminados y algunas pocas obras sociales que ya no se pueden sostener”.

Se podía pues optar por dejar el petróleo en tierra en el ITT (Ishpingo, Tambococha, Tiputini) en beneficio de toda la humanidad y otras especies sin ninguna compensación exterior, o pedir una compensación exterior a cuenta de la Deuda Ecológica, como prefería Acción Ecológica. La propuesta oficial de Ecuador (que el presidente Correa presentó el 24 de septiembre de 2007 en Naciones Unidas, con impulso de la canciller María Fernanda Espinosa) recogía la idea principal del memorando de diciembre 2006 de Esperanza Martínez, tal como Alberto Acosta le había dado forma. Renunciar a la extracción de petróleo del ITT, como una política de estado. Algo muy novedoso, muy atrevido pero muy necesario. La propuesta era que Ecuador renunciaría a la extracción de los 850 millones de barriles de petróleo del ITT (alrededor de 9 días de extracción mundial), preservando la biodiversidad única de la zona y los derechos de los pueblos indígenas locales, evitando las emisiones de 410 millones de toneladas de dióxido de carbono. Ecuador pidió la mitad de los ingresos que dejaría de percibir, un valor actualizado de 7.000 millones de dólares, una cifra que era imposible de calcular con exactitud pues dependía del precio futuro del petróleo y de los costos de extracción. Un cálculo de la mitad de ese “costo de oportunidad” podía ser de 3.600 millones de dólares que deberían llegar de la contribución exterior bajo los principios de corresponsabilidad. La propuesta recibió apoyo del Bundestag en junio de 2008 y se mantuvo hasta finales de 2009, cuando el canciller Fánder Falconí la presentó con fuerza en la COP en Copenhague. Estaba ya a punto la firma de un acuerdo con el PNUD en Copenhague para establecer un fideicomiso donde colocar las aportaciones exteriores. Esa firma con el PNUD fue directamente boicoteada en ese momento por el presidente Correa desde Quito y llevó a la sonada dimisión de Fander Falconí como canciller. Aunque más tarde la firma del fideicomiso con el PNUD se llevó a cabo el 2 de agosto de 2010, la falta de entusiasmo de Correa era evidente: quién acudió a la firma fue el vicepresidente Lenin Moreno y Correa no se presentó al acto aunque también estaba en Quito. El proyecto sobrevivió moribundo hasta agosto de 2013 cuando Correa lo hundió definitivamente por lo que parecía. Las protestas de la población se organizaron alrededor del movimiento YASunidos y de una propuesta de referéndum sobre el tema. A pesar de que las firmas necesarias se reunieron, los organismos estatales se doblegaron a los deseos de Correa y no se permitió realizar el referéndum sobre si convenía o no dejar en tierra el petróleo del ITT – un referéndum que todavía está pendiente.



[1] http://lists.essential.org/shell-nigeria-action/msg00251.html

[2]https://ejatlas.org/conflict/ffos-y-fran-opencast-coal-mine-south-wales. Ver tambien G. Monbiot, The New Coal Age, The Guardian, 9 October 2007, http://www.monbiot.com/2007/10/09/the-new-coal-age/